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Escrito por Áralan   

ESCLAVITUD Y CRISTIANISMO

Introducción

Este ensayo intentará estudiar la posición general y oficial del cristianismo con respecto a la esclavitud partiendo de cuatro puntos básicos:

1.- Jesús de Nazaret.

2.- San Pablo y la esclavitud.

3.- Los padres de la iglesia y la esclavitud.

4.- La Iglesia católica y la esclavitud hasta el siglo VII.


El primer punto lo consideramos de especial interés por una sencilla razón: se afirma que la esclavitud es contraria al discurso de Jesús, el cual predicaba el amor al prójimo sin hacer distingos de ningún tipo, así como la igualdad y el hermanamiento de todos los hombres. Dentro del ámbito creyente también se afirma que su venida y muerte tuvo como objetivo la salvación de la humanidad entera porque cargó con todos sus pecados y porque ha revelado que la muerte no tiene la última palabra y todos pueden ser salvos si creyeran de corazón en la Buena Nueva (el Evangelio).

 

Nosotros, por nuestro lado, partiremos de cero e intentaremos estudiar el contexto en el que Jesús vivió y por el cual fue influido, sus palabras y actos (una vez limpios de interpolaciones), para discernir qué se dijo o no se pudo decir sobre este tema y para desenterrar lo que con más probabilidad fuese la postura verdadera desde un punto de vista histórico, siempre alejados de fobias anticlericales y anticristianas y de filias apologéticas y morales. Con eso, ya podremos concluir si las decisiones que tomaron Pablo, los apóstoles, los padres de la Iglesia y la Iglesia hasta el siglo VII se basan en la prédica de Jesús y en el Evangelio o fueron total o parcialmente en contra del Evangelio y/o de lo predicado por éste.

Pero, ¿cómo saber cuáles pudieron ser palabras de Jesús y cuáles no? Cuando aquí analicemos pasajes bíblicos, nos basaremos en cuatro criterios científicos (sabiendo que la verdad científica en Historia es cambiable y se acoge por consenso, pero siempre basada en conclusiones y estudios de Arqueología, Historia Comparada y Filología). Estos criterios son el de dificultad (las palabras puede que sean de Jesús cuando su mensaje causa problemas a la iglesia primitiva; por ejemplo, un Jesús que no sabía cuándo iba a ser el fin de los tiempos cuando se supone que era Dios y todo lo sabía), el de atestiguación múltiple (el pasaje está en más de un evangelio), el de desemejanza o disimilitud (por ejemplo, presentar a un Jesús con una personalidad distinta al manso y humilde que presentaba la iglesia primitiva, como su ataque furibundo a los mercaderes del Templo) y el de coherencia (lo que es coherente en base a los tres criterios anteriores).

Con esto quizá seamos capaces de vernos en unas condiciones más favorables para contestar con un mayor grado de veracidad las siguientes preguntas: el comportamiento del cristianismo con respecto a la esclavitud, ¿es tal y como nosotros hemos percibido siempre, a saber: completamente contrario a ella al ser el mensaje evangélico para todos y ver a todos los seres humanos iguales? ¿Fue ese el verdadero mensaje de Jesús? ¿Se enfrentaron al poder por este tema? ¿Cuál fue la postura de los padres de la Iglesia? Y una vez que el cristianismo fue religión oficial del Imperio, ¿cómo actuó en el tema de la esclavitud?

 

1.- Jesús de Nazaret.

Jesús de Nazaret nace en la Galilea del siglo I a.C. (hay consenso en otorgar la fecha de entre el 5 al 7 a.C.) bajo la ocupación romana, a la cual todo Israel tiene un odio visceral, odio multiplicado en esa época al crecer unas ansias de libertad política y religiosa muy importantes tras una historia de ocupaciones, invasiones y opresión, lo que favorece la mentalidad y las circunstancias para que se den brotes importantes de mesianismo e ideas escatológicas de estar viviendo los últimos días antes de la llegada del Mesías, el cual debe rechazar al enemigo y liberar al pueblo de Israel para cumplir de forma adecuada las tradiciones que la Ley y los Profetas establecieron.

Centrándonos en Galilea, tenemos que fijarnos en ciertas particularidades. Esta región volvió al reino de Israel unos 100 años atrás tras la reconquista de los macabeos. Esto, sumado a su ambiente casi exclusivamente agrícola, su lejanía de Jerusalén y del Templo, así como que el hecho de estar rodeada de paganos, lejos de crearles una mentalidad más abierta, hizo que los galileos se retrotrajesen, evitando contaminarse de ese paganismo para no perder su identidad judía, lo que conllevó, a su vez, un aumento de su mentalidad nacionalista. Pese a esa lejanía del Templo, intentan ser muy cumplidores con sus deberes religiosos, más incluso que los judíos de Jerusalén, lo que desembocó en el fortalecimiento de la creencia de ser el pueblo elegido; aunque no por ello los fariseos, siempre tan puntillosos con las coletillas de la Ley, dejaron de ver a los galileos «relajados» en la interpretación de la misma, ya que se centraban más, como nos descubre Antonio Piñero, en los aspectos esenciales: la circuncisión, el sábado, el respeto a la Alianza y sostener al Templo, entre otras (sus «relajación» no viene, como se ha defendido por la teología, por un intercambio con los gentiles, sino que más bien fue una reacción más esencialista).

En este ambiente, pues, nace, crece y predica Jesús de Nazaret.

El núcleo histórico de la prédica de Jesús, por tanto, nos muestra a un judío ultra piadoso y esencialista de la Ley que se ve a sí mismo como una especie de precursor del reino de Dios en la Tierra. Su objetivo capital es la salvación en un juicio sumarísimo que está por llegar de forma inminente, salvación que llegará por el correcto cumplimiento de la Alianza y su reglamentación, por la Ley de Moisés y por la entrada y participación en el reino de Dios. Esto conlleva también participar en los ritos, pero con el espíritu adecuado. Jesús, como los galileos en general, era más moral que ritualista, pero participaba igualmente de los rituales del Templo. Su espiritualidad, en consonancia con la mentalidad de su tierra natal, la sentía más profunda, más esencial, con una piedad más interiorizada que intenta compensar esa lejanía del Templo, como decimos.

La salvación tras ese juicio inminente es posible porque acoge la tesis farisea de que existe una vida tras la muerte (tesis del helenismo que pasó a través de los judíos helenizados al fariseísmo, hasta que se terminó convirtiendo en una enseñanza puramente judía), en contra de la tesis saducea, que defendía justamente lo contrario. Asimismo, su metodología es el discurso hablado y la discusión vehemente, algo muy característico de los fariseos también.

Es importante insistir en este punto en lo que nos atañe: creía en el fin de los tiempos y que este llegaría antes de la próxima generación, de ahí que su labor fuera la de intentar que todos los judíos volvieran a la esencia de la Alianza, la cumplieran de corazón y así pudieran salvarse en ese juicio inmediato, ya que YHWH era capaz de ver en el corazón de los hombres, y si no hallaba fe verdadera tras los rituales, esos judíos se condenarían.

El Jesús histórico predica la llegada de ese reino a sus compatriotas judíos y muy circunstancialmente a algunos paganos que se le acercan, cuando no directamente se lo niega. No olvidemos lo que dice en Mt. 10, 6: «No vayáis a los gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel», discurso que recae dentro del núcleo histórico, ya que cumple los criterios de dificultad y de desemejanza. Es difícil de creer que la iglesia primitiva, que aspiraba al universalismo y predicaba a los gentiles, inventara pasajes donde se dibuja a un Jesús nacionalista, por lo que seguramente no fue añadido posteriormente y sí formaba parte de la tradición enseñada por el mismo Jesús. Este pasaje se confirma más adelante con otro que cumple también con el criterio de atestiguación múltiple. No es otro que el de la mujer cananea (Mt. 15, 24 y Mc. 7, 24-30), del cual hablaremos más adelante. Allí repite: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel», yendo en contra de la posterior teología cristiana enseñada de que Jesús no hizo distinciones entre los hombres, de que todos son hermanos sin importar nacionalidad, religión, ni ideas políticas porque «prójimo» es sinónimo de misericordia.

Esta afirmación de no universalidad merece ser fundamentada en su totalidad.

Aseguramos lo anterior por varios datos: toda la prédica de Jesús se produjo a lo largo de aldeas judías, no de grandes ciudades (salvo Jerusalén, por supuesto), y tenía un marcado carácter rural (de hecho, la inmensa mayoría de sus parábolas tienen que ver con el campo). Jamás pisó Tiberíades ni Séforis, por ejemplo, ciudades repletas de gentiles, ya que, muy seguramente, como afirma Piñero, no consideraba adecuada su prédica en esas ciudades contaminadas por el sincretismo religioso, al contrario que en las aldeas, donde el judaísmo puro, sin mezcolanza, era ideal para su mensaje sobre el reino de Dios. De las cinco regiones en que se dividía Israel en el siglo I, Jesús sólo predicó en Judea y Galilea, obviando completamente la Decápolis, Samaría y parcialmente Perea (en la cual sólo visitaba las zonas de mayoría judía).

Con esa psicología tan parecida a la del resto de los judíos y con su comentario sobre los samaritanos, no podemos agarrarnos a ningún dato que pueda negar que Jesús no guardara un resquemor parecido hacia los samaritanos como el del resto de sus compatriotas, sobre todo los galileos, que eran más puritanos en su fe que en las ciudades, como dijimos.

Samaría era obviada por los propios judíos por la tremenda mezcla de familias judías con otras gentiles que poseía. Además, se diferenciaba religiosamente de Judea y Galilea en que aquélla sólo reconocía la Torá, los Profetas, los salmos y otros escritos (que más tarde formaron parte de las creencias judías), lo que causaba fuertes disensiones religiosas. Por lo demás, su fe era igual. Los samaritanos, en definitiva y pese al odio que se les tenía (y los samaritanos a los judíos igual), no eran considerados gentiles, pero sí judíos «de segunda» a quienes la Alianza, de todas formas, incluye.

Contra este punto (que Jesús considerase a los samaritanos «de segunda»), se suele contraponer la escena con la mujer samaritana y la parábola del buen samaritano.

Vayamos por partes. La escena de la mujer samaritana sólo aparece en el evangelio de Juan (Jn. 4, 4-42). Este pasaje no tiene atestiguación múltiple, lo que ya causa bastante resquemor a todos los críticos. Otra razón que se suma a la ante rior es que posee una carga importante de teología cristiana y de enseñanzas tardías no correspondientes al sustrato histórico de Jesús (lógico, al haberse redactado el evangelio de Juan en la primera década del siglo II, sien do el más tardío), ya que Jesús siempre quiso que se volviera a la Alianza, no un cambio de fe del judaísmo a algo nuevo (esto es algo muy posterior en la evolución del cristianismo), que es lo que simboliza. Más que seguramente, representa una escena debidamente embellecida e ideal (y que nunca ocurrió) que nos muestra a un Jesús que convierte una fe con fallas (la de la mujer samaritana) a una fe perfecta (la del Evangelio).

Por otro lado, la parábola del buen samaritano que encontramos en Lc. 10.25-37 tampoco goza de atestiguación múltiple, lo que también hace fruncir el entrecejo. Hay confusión entre la parábola en sí y el contexto en el que está. La prédica del primer precepto que aparece justo antes sí goza de atestiguación múltiple, no así la parábola en concreto. Pero incluso admitiendo que realmente esa parábola fuese dicha por Jesús, no nos revela que esté equiparando a los samaritanos en igualdad de condiciones al resto de judíos, sino que el samaritano es un ejemplo en una parábola que pone a los judíos con los que debate. Esto no va en contra de lo que afirmamos, ya que para Jesús, los samaritanos, como judíos, eran dignos de salvación y podría ponerlos perfectamente en una parábola, pero no elimina la hipótesis de que, al igual que el pueblo judío y en base a afirmaciones anteriores suyas, los considerara de segunda como a los gentiles los consideraba también gentes de segunda y carne de condenación si no se convertían.

Pero contra esa última afirmación sobre los gentiles, también se suelen contraponer otros dos hechos: la curación del siervo del centurión romano (Mt. 8, 5-13 y Lc. 71 1-10) y el enaltecimiento de la fe de este, y la discusión con la mujer siriofenicia o cananea y la curación a distancia de su hija (Mt. 15, 21-28 y Mc. 7, 24-30).

Con respecto a la curación del siervo del centurión romano, aunque cumple el criterio de atestiguación múltiple, el trasfondo y el contexto que construye es completamente increíble. Toda la escena que aparece en Lucas y en Mateo está completamente adornada para dar boato a Jesús. Es poco probable que un ocupante militar romano (un centurión) dijera públicamente a un judío (en este caso, a Jesús) que no era digno de entrar a su casa. Más bien sería al contrario. Asimismo, en un evangelio es el propio centurión quien va a buscarle para que cure a su siervo y en otro la noticia le llega a Jesús por medio de intermediarios. Aun así, desbrozando los alrededores del pasaje, ¿pudo darse esta historia? Unos expertos dicen que pudo darse el hecho de ir a curar al siervo (el hecho de si lo curó o no recae en el mundo de los milagros, aspecto que no le ocupa a la historia y sí a la fe) y otros dicen que de nuevo está cargado de teología cristiana no correspondiente al mensaje de Jesús, ya que es un texto que universaliza un mensaje que históricamente se sabe que no era tal, por lo que seguramente pudo remodelarse para dar pie a las comunidades protocristianas a evangelizar a los gentiles. Así, quedaría que el hecho de ir a curar al siervo sea históricamente cierto pero los adornos anteriores y posteriores donde reconoce la fe del centurión y este considera a su casa indigna de su presencia, sean interpolaciones.

Con la mujer siriofenicia o cananea ocurre otro tanto. El núcleo histórico cumple perfectamente el criterio de dificultad y de desemejanza (vuelve a ser difícil de creer que las comunidades cristianas inventaran este pasaje que iba en contra de la presentación de Jesús como cordero manso, humilde -llama a la mujer «perrillo» y se resiste a curarla- y de aspecto universal, lo que les crearía grandes dificultades en la interpretación teológica a sus fieles gentiles). Sin embargo, aunque el núcleo histórico sea cierto (el referente a la declaración de que sólo ha venido a las ovejas perdidas de la casa de Israel y, secundariamente, a los paganos que se adhieran a la Alianza, lo que refuerza su visión nacionalista y salvadora), el trasfondo, de nuevo, está completamente adornado para que finalmente las comunidades cristianas pudieran argumentar que, efectivamente, Jesús venía a predicar a todos un mensaje universalista, siempre y cuando (como hace la mujer siriofenicia), reconozcan la inferioridad de la fe que profesan y reconozcan la supe rioridad del cristianismo. De nuevo, parece que el hecho de pedir su auxilio puede tener también visos históricos, pero el hecho de ceder a esa cura crea todas las dudas del mundo, ya que parece una escena añadida para ejemplificar que se debe abandonar la fe antigua y acoger la nueva fe para que se obren los milagros -la salvación- . El de la curación en sí cae en el mundo de los milagros y no compete a la historia.

Cabe destacar que estas prédicas son puramente circunstanciales. Habla con el soldado romano y enaltece su fe (con muchas dudas, repetimos, de que lo hiciera), simplemente porque iba a curar a un siervo judío. El encuentro con la mujer siriofenicia es completamente circunstancial también, pues se la encuentra cuando iba a descansar a Tiro a casa de un amigo judío y no quería ser reconocido, como el propio Evangelio de Marcos reconoce.

Finalmente, hay un argumento que también suele contraponerse a la afirmación que aquí hacemos. Nos referimos a la enseñanza sobre al amor a los enemigos, la cual goza de atestiguación múltiple y que podemos encontrar en Mt. 5, 43-48 y en Lc. 6.27-28.31-36.

Este pasaje, como ocurre a menudo a lo largo de toda la Biblia, se suele interpretar por quien se acerca a ella casi por vez primera como un enseñanza universal. Sin embargo, es bien sabido para los especialistas que la Ley restringe el amor al prójimo a los hebreos (Lev. 19.18), aunque esa misma ley prohíbe el odio y la venganza y hasta aconseja hacer el bien al enemigo. Es decir, Jesús recupera de nuevo el mensaje esencialista de la Ley y no le da en absoluto ningún sentido universalista, sentido que efectivamente acogerá muy posteriormente el Evangelio pero del que Jesús no participó.

Por todo lo anterior, lo más lógico es pensar que todos los pasajes en los que habla de predicar al prójimo y de la salvación del prójimo, se deben enmarcar dentro de un ambiente judío, para el prójimo judío y, en última instancia, para todos aquellos que vuelvan a la Alianza, por lo que seguimos manteniendo que Jesús no predicaba por igual para todos ni consideraba a todos los hombres dignos de salvación -salvación que tenía un orden jerárquico, como la tenía su prédica-, sino que vino sólo a los israelitas y, muy circunstancialmente, a quienes desearan convertirse a la Alianza.

¿Dijo algo de la esclavitud, entonces? No, nada en absoluto. Ni a favor ni en contra.

Algunas justificaciones para este silencio argumentan que Jesús sólo se preocupaba de aspectos espirituales, no mundanos, pero que su visión abierta y siempre comprensiva y amorosa da a entender que estaría en contra.

Esto es inexacto por varias razones. La primera es que Jesús sí se ocupó de cosas mundanas como la acumulación de riqueza, el adulterio o el divorcio y no siempre acogió la visión más aperturista y más amorosa. En el caso del divorcio, por ejemplo, acoge el precepto rigorista de la escuela de Shamai por la que el matrimonio es indisoluble en todo caso y por toda razón (salvo la fornicación), en contra, por ejemplo, de la escuela de Hillel. Para justificar esa posición rigorista, se nos dice que esa medida protegía a las mujeres contra la volubilidad de los deseos del varón, que podía abandonarla cuando quisiera dejándola en la más absoluta pobreza, ya que podía esgrimir múltiples argumentos para repudiarla sin compensación alguna, mientras que la mujer apenas tenía cobertura legal, siendo vista como una propiedad que pasaba de padres a maridos, una simple carga que el padre debía compensar con una dote.

Como nos dice Antonio Piñero, eso es confundir la época rabínica y patriarcal del Israel del siglo III d.C. en adelante con el Israel del siglo I. Del siglo I se han hallado documentos donde se prueba que los derechos de la mujer habían avanzado lo suficiente como para ser merecedoras de tener una herencia propia, de tomar la iniciativa para comenzar los trámites de divorcio (muchas ya se habían divorciado sin esperar la decisión del marido), no tener absolutamente cerrado el acceso a la educación superior (algunas sabían griego y opinaban sobre materias legales o de la Escritura), de regentar tabernas y posadas, algo tradicionalmente reservado al varón, o de dirigir sinagogas y comprar y vender propiedades. Sencillamente, es un argumento anacrónico que no se sostiene.

Por otra parte, la esclavitud no era una cosa escondida, anecdótica y personal, (como podía ser el caso del aborto, aspecto que tampoco toca), sino pública, notoria, extendida y antigua, ya que en el mismo Jerusalén había una plazuela donde se exponían esclavos para su venta. De hecho, en la corte de Herodes el Grande, el número de servidores esclavos era ingente, aproximadamente de medio millar. Además, existían esclavos paganos a los que se quería convertir al judaísmo, incluida la circuncisión.

Tras todo este trabajo deconstructivo, sólo podemos concluir que Jesús no tocó este tema sea por la razón que fuere. Este asunto, al contrario que otros (el divorcio, cumplir los rituales del templo, la riqueza y la pobreza, el adulterio…), no parece que se recoja en su prédica, aunque fuese un acto permitido por el judaísmo desde su fundación (con matices con respecto a otras sociedades, pero permitido). Sin duda, la esclavitud judía era más benévola en algunos aspectos que en la mayoría de los pueblos circundantes, pero no por ello era inexistente o anecdótica. No sabemos si Jesús estaba a favor, en contra o le era indiferente, como a muchos padres de la Iglesia posteriormente, quienes decían no interesarse tanto porque lo importante era la otra vida y no esta, cosa ciertamente plausible en Jesús, que creía en un fin del mundo inmediato y la condición social era indiferente para conseguir la salvación.

Creemos, en fin, que es completamente gratuito afirmar que, en base a la prédica de Jesús, la esclavitud es incompatible con sus palabras. Históricamente, sin embargo, y en base a todos los argumentos anteriores, es mucho más coherente y, sobre todo, cierto, concluir que no se puede asegurar nada salvo que no tocó el tema y no debemos, visto lo visto, afirmar ni sobreentender nada porque hay mucha confusión bienintencionada (y siempre la ha habido) sobre el verdadero significado y finalidad del mensaje histórico de Jesús, el cual tradicionalmente se ha confundido con el apologético.

 

2.- San Pablo y la esclavitud.

San Pablo era tarsiota y romano, ya que poseía las dos nacionalidades, y vivía en una familia bastante acomodada. Esa posición le permitió tener una excelente educación griega y rabínica, concretamente de la escuela rabínica de Hillel (anterior a Jesús y también defensora de la enseñanza de no desear para el prójimo lo que odies que te hagan a ti). Poco a poco y gracias a su gran inteligencia, fue profundizando en sus estudios derivando hacia un misticismo y una visión ocultista de las escrituras muy personales y particulares que, como Schonfield (especialista en San Pablo) asegura, es muy probable que le crearan una psicología muy especial, la cual le llevó a creerse una especie de Mesías que traería la luz al mundo, aquel que iluminaría lo que estaba oculto. Quizá esta interioridad y estas ideas también estaban potenciadas para contrarrestar sus complejos físicos (padecía una o varias deformaciones) acrecentados por su epilepsia, que, combinados con el gran concepto que debía tener de su gran mente, le llevaron a encerrarse en un mundo propio fanatizado. El culmen de ese fanatismo llegó cuando comenzó a participar en la persecución violenta de los cristianos, incluyendo la asistencia y/o participación en la lapidación de Esteban; el cual había acusado a los judíos de haber matado a Jesús, y predicado que se renegara del culto y del Templo -al contrario que Jesús, que jamás renegó de ello y, es más, cumplía con todo-, asegurando que el espíritu y la verdad no está en un edificio. Esteban tampoco predicó nunca a los gentiles ni universalismo de ningún tipo, sólo quería un judaísmo depurado, como nos dice el profesor Comby.

Es en una de estas persecuciones para encarcelar cristianos y llevarlos presos a Jerusalén cuando, de camino a Damasco, asegura que Jesús se le aparece y le deja ciego tres días y tres noches, lo que hace que se convierta. Testimonios de apariciones y conversiones como esta hay muchos hoy en día. Se denomina neurosis de conversión, y pudo venir desembocada por uno de sus ataques epilépticos mezclado con una reacción histérica. Sea como fuere, tras este episodio se retira a Arabia y allí experimenta una cantidad increíble de revelaciones que le confirman lo que él ya sospechaba hacía mucho: que era un profeta para los gentiles. Va más allá y se considera la imagen de Jesús en la tierra como Jesús era la de Dios. En base a eso, se autoproclama una especie de elegido, de mesías encargado de traer la luz al mundo. Su prédica, al desconocer por completo lo que dijo Jesús, estuvo basada en los principios que mantenía la iglesia de Damasco mezclados con lo que decían en la de Jerusalén, siempre y cuando coincidiera con lo que él creía que Jesús quería, lo que se viene a llamar «cristianismo paulino». Llega incluso a colocar su revelación por encima de la doctrina apostólica y se declara apóstol (aunque jamás siguió ni escuchó a Jesús), lo que conllevó continuos enfrentamientos con Santiago, Pedro y Juan (la iglesia de Jerusalén), ya que estos, además, querían que se cumpliera la ley mosaica a rajatabla (como quería Jesús), cosa que a Pablo no le convenía, por lo que postuló que sus comunidades gentiles se vieran libres de algunas normas como la de la circuncisión, aspecto que no hacía muy deseable la doctrina cristiana, que entonces era simplemente vista como judía y por eso no era perseguida.

Muere en el 64, creyendo en que Jesús no era divino hasta que resucitó, en el juicio final y la resurrección e intentando ampliar el Israel bíblico a los paganos (como Jesús, quería que se volviera a la esencia de la Ley para poder salvarse), manteniendo sus creencias judías de que Dios es único, personal, creador, normativo y que ha elegido a Israel por encima de otros pueblos, pensamientos que le llevaron a respetar ciertos rituales judíos hasta el final. Sin embargo, las comunidades de occidente fundadas por él y por su increíble genio organizador, plagadas de gentiles, olvidaron muchos de estos aspectos, creando los comienzos del universalismo como más o menos lo conocemos hoy día.

¿Y de la esclavitud qué dijo?

Pues bien, Pablo (y los textos pseudográficos –Hebreos, Tito, Timoteo I y II y Tesalonicenses II -y con algunos autores dudando de la autoría de Colosenses y Efesios-), es el primero que trata ese tema en la Biblia. Los textos que mentan este tema son estos:

«Que cada uno, pues, quede en la situación en que estaba cuando Dios lo llamó. Si eres esclavo, no te preocupes por eso. Pero si puedes conseguir la libertad, no dejes pasar la oportunidad. El esclavo que fue llamado a creer en el Señor es hombre libre al servicio del Señor. Y el que fue llamado siendo hombre libre se hace siervo de Cristo. Habéis sido comprados por Dios a gran precio: por eso no os hagáis esclavos de los hombres. Así, pues, hermanos, que cada uno siga delante de Dios en la condición en que estaba cuando fue llamado.» (Epístola a los Corintios 7, 20-24).

Coincidimos en el análisis con Armando Besga cuando asegura que «(…)San Pablo, en la línea de “dad al César lo que es del César”, no se limitó únicamente a aceptar el orden social existente y a predicar la resignación, lo que tuvo gran trascendencia, pues este principio siguió recordándose una vez desaparecido el sistema esclavista. En realidad, al proponer la esclavitud como modelo de las relaciones de los hombres con Dios -lo que repitió en numerosas ocasiones- sancionaba la licitud de la institución».

También de Pablo tenemos otros pasajes, como decíamos:

«Esclavos, obedeced a vuestros amos de este mundo con temor y respeto, con corazón sencillo, como quien obedece a Cristo. No sirváis solamente para que os vean y para que os feliciten los hombres, sino como esclavos de Cristo que cumplen de todo corazón la voluntad de Dios. Desempeñad vuestro trabajo con empeño por el Señor y no por los hombres, sabiendo que el Señor dará a cada uno según el bien que haya hecho, ya sea siervo, ya sea libre. Y vosotros, amos, obrad con vuestros esclavos de la misma manera, dejando a un lado las amenazas, sabiendo que ellos y vosotros tenéis el mismo Señor, que está en el Cielo y no hace distinción de personas» (Epístola a los Efesios 5, 6-9).

Esta visión se refuerza en la Epístola a los Colosenses (3,22-25 y 4,1): «Esclavos, obedeced en todo a vuestros amos de la Tierra, no sirváis solamente cuando os vean, para lograr el favor de los hombres, sino con sinceridad y por amor al Señor. Cualquier trabajo que hagáis hacedlo de buena gana, pensando que trabajáis para el Señor, en vez de fijaros en los hombres. Bien sabéis que el Señor os recompensará, dándoos la herencia prometida. Servid al Señor Jesús. El que no cumple recibirá lo que merece su maldad, pues Dios no hace diferencia entre personas».

En la Epístola a Tito 2, 9-10, leemos: «Que los esclavos se sometan en todo a sus amos, que traten de darles satisfacción y eviten contradecirlos. Que no les roben, sino que aparezcan dignos de toda confianza. De este modo lograrán que todos admiren la doctrina de Dios nuestro Salvador». Y si el dueño es cristiano: «Que todos los que están en situación de esclavos procuren ser muy respetuosos con sus amos. Así evitarán que se hable mal de Dios y de su doctrina. Los que tengan amos cristianos no deben perderles el respeto bajo el pretexto de que son hermanos, al contrario, sírvanlos mejor puesto que son creyentes y hermanos queridos los que reciben sus buenos servicios. Esto es lo que deben enseñar e inculcar (Epístola a Timoteo 6, 1-2), y que continúa con: «Si alguien enseña de otra forma, en vez de conformarse a estas reglas, que son las de Cristo Jesús nuestro Señor, y a las enseñanzas auténticas de la fe, ese hombre seguramente es un ciego y no entiende nada: tiene la manía de ocasionar discusiones y cuestiones inútiles».

Por otro lado, en el Nuevo Testamento, en la primera Epístola de Pedro (2, 18-20), leemos: «Siervos, estad sujetos con todo respeto a vuestros amos, no solamente a los que son buenos y comprensivos, sino también a los severos. Porque esto es aceptable: si alguien soporta aflicción y padece injustamente por tener conciencia de Dios. Porque, ¿qué de notable hay si, cuando cometéis pecado y sois abofeteados, lo soportáis? Pero si lo soportáis cuando hacéis el bien y sois afligidos, esto sí es aceptable delante de Dios. Pues para esto fuisteis llamados, porque también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas».

 

Nuevamente, no podemos defender históricamente que Pablo estuviera abiertamente en contra del sistema esclavista.

Las razones que se dan para justificar el discurso ambiguo de Pablo (o meridianamente claro y favorable en otros pasajes) y el sostenimiento de la esclavitud se centran en la supervivencia del cristianismo. Nos dicen que Pablo, con buen ojo y aunque en el fondo estuviera en contra de la esclavitud, vería que si el cristianismo criticaba el sistema que sostenía la economía imperial le granjearía la enemistad romana, la cual se enfocaría contra ellos. Avispado, Pablo daría discursos ambiguos con la intención, primero, de no soliviantar al poder romano y, segundo, de que fueran los propios esclavos los que, desde su condición, diesen ejemplo a sus amos y con ese ejemplo, el cristianismo fuese cada vez mejor visto y consiguiese conversiones de corazón, acabando en el proceso con la esclavitud.

Particularmente creemos que, aunque plausible, es una tesis que flaquea por varias razones.

Pablo convierte al cristianismo a amos romanos y, una vez convertidos, les permite seguir teniendo esclavos. No afirmamos en este punto concreto de la argumentación que hubiera debido predicar la liberación de esclavos en general, pero sí podría haberlo hecho con los amos romanos que convertía. En contra de lo que muchos puedan creer, a estos pocos amos no les ordena (en la propia Biblia deja establecido bien claro que por ser su obispo, podría) que libere esclavos, aspecto que en nada dañaría a la economía romana, ya que los amos romanos convertidos eran un reducido número y el propio derecho romano les daba pleno derecho (valga la redundancia) a liberar esclavos cuando quisieran sin sufrir ninguna represalia, siempre y cuando siguieran el proceso correspondiente (por el camino, muchísimos esclavos se hubieran visto libres de abusos). Sin embargo, acepta a romanos cristianizados esclavistas que siguen siéndolo una vez convertidos aunque no tuvieran que temer ninguna represalia.

Asimismo, Pablo, cuando quiere, no duda en enfrentarse al Imperio y a sus normas y buscar su ira. Por ejemplo en el tema de la adoración al César, algo de importancia capital para el Imperio, lo que causó mucho odio y malestar contra los cristianos.

Así, tenemos una actitud ambivalente de enfrentamiento: no duda en enfrentarse y buscar las iras del Imperio con el tema de la adoración al César (cuestión de fe pura) pero con la esclavitud (cuestión más humana) es bastante más permisivo, cuando no colaboracionista de facto, por unas razones o por otras.

¿Quiere Pablo, entonces, que se liberen esclavos porque solo hay un señor, Jesús, que no quiere que existan?

De entrada, no sabemos que Jesús quisiera eso o no porque no dijo nada (recordemos el punto 1). De segundas, las ideas de Pablo son confusas. Por un lado, en Corintios dice que un esclavo llamado por el Señor deja de ser esclavo para el Señor (pero no dice que deje de ser esclavo para el hombre) y que no ha de preocuparse por su situación mundana. Seguidamente, le dice que busque la libertad en cuanto pueda porque no hay que ser esclavos de hombres… para a continuación recomendar que cada cual quede en su condición cuando fue llamado, con lo que parece referirse más a que busque la libertad espiritual que le hará ganar la salvación (la liberación última) a través de su situación de sumisión, más que a una libertad social del amo terrenal, ya que así, además, la estabilidad de la vida comunitaria se ve favorecida gracias al sacrificio del estatus social personal. Es decir, claramente no dice nada contra la esclavitud y, sin embargo, en otros pasajes claramente recomienda que se siga con ese sistema y en esa situación, como en Efesios, donde vuelve a abogar por que el sistema esclavista se mantenga aunque para Dios no haya diferencia entre personas, cosa que confirma en Colosenses, Timoteo y Tito (estas últimas son directrices de comportamientos para que no se hable mal de los cristianos, efectivamente, pero que de facto no critican la esclavitud y de facto la mantienen porque casi parece que trata la esclavitud como si no fuera importante).

Nosotros pensamos que Pablo, sencillamente, está imbuido de su pensamiento místico y de su drástica separación entre las reglas del otro mundo y las de este, además de buscar la supervivencia de su fe. Fundamentamos esto en que para Pablo, por ejemplo, en el reino de Dios no habría hombre ni mujer, ni esclavo ni amo, sin embargo, en esta vida y sin temer represiones de ningún imperio, sin tener que quedar bien delante de nadie, él mismo dejó recogidas las funciones y obligaciones de la mujer y las del hombre, siendo claramente desventajosas para estas últimas. Es un hecho que en esta vida no daba las mismas obligaciones, derechos ni oportunidades a los hombres que a las mujeres aunque teológicamente -en la otra vida- los considerase iguales y moralmente dijera que se amaran mucho (aunque el amor no se tiene por qué dar en igualdad de condiciones, por mucho que pida al hombre amar a la mujer; no en vano, aunque pida sumisión del uno al otro en el amor, también pide a la mujer que se subordine al hombre –«Las mujeres sométanse a sus propios maridos, como al Señor» y «A la mujer no le consiento enseñar ni arrogarse autoridad sobre el varón, sino que ha de estarse tranquila en su casa»-, quitando así libertades a la mujer conseguidas por el judaísmo del siglo I). Es muy probable que idéntica visión la llevara a los amos y los esclavos, evitando así, de paso, más iras del Imperio y pudiéndose centrar en lo que de verdad le importaba.

En definitiva, no podemos afirmar que San Pablo y el protocristianismo estuvieran contra la esclavitud. Se puede conjeturar (y son conjeturas, repetimos, que no nos convencen) que las razones del discurso de Pablo estuvieran encaminadas a no enfrentarse en este tema con el Imperio (aunque lo hiciera con otros), pero queda claro que muchos pasajes animan a seguir con la esclavitud y a que el esclavo la acepte de buen grado y, desde esa situación en que Dios le ha puesto, busque su libertad última (la salvación en el reino de Dios liberándose también de la carne y de esta vida) siendo un ejemplo de virtud y obedeciendo de corazón. Así, también, la comunidad cristiana sería mejor vista y la evangelización sería más fácil, con lo que pragmáticamente se alienta a que se siga manteniendo esa institución.

Seguir leyendo -  Esclavitud y critianismo II

 

 
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