| Esclavitud y cristianismo II |
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| Biblioteca - Textos originales de los participantes |
| Escrito por Áralan |
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ESCLAVITUD Y CRISTIANISMO 3.- Los padres de la Iglesia y su posición con respecto a la esclavitud.
En el siglo IV d.C. existía una gran crisis que venía de muy antiguo, que generó mucha pobreza y de cuya psicología salió beneficiado el cristianismo. En aquellas épocas y en esa situación, el paganismo pierde la fe en la ciencia y en sí mismo y comienza a admirar el cristianismo y su seguridad en su exclusivismo monoteísta radical: sólo existe un dios y no se admiten otros (con el devenir del tiempo, muchos dioses paganos terminaron convertidos en diferentes representaciones de demonios cristianos). Quizá a nosotros hoy día esto no nos diga nada, pero para la psicología de la época era impresionante tal seguridad; entonces todo el mundo confundió falta de tolerancia religiosa con seguridad y fortaleza, y la tolerancia religiosa -que era a lo que estaban acostumbrados- con debilidad, con no estar seguros de lo que se creía. Y estaban hartos de debilidad y dudas. Además, aunque otras religiones paganas los daban, los premios del cristianismo para el que se portara bien eran mejores y los castigos si se portaban mal, peores. Algo importante también fue que daban con idéntica fuerza una esperanza mejor que no tenían las religiones paganas, así como su sistema de ayuda al necesitado, que estaba magníficamente organizado y causaba mucha admiración y simpatía entre los pobres, que siempre han sido los más. Este sistema de ayuda también lo tenía la religión pagana, pero mucho peor establecido. Para cuando llega el siglo IV, se puede entender que un emperador avispado, que viera este panorama religioso en el marco económico en que vivía, decidiera legalizar e institucionalizar ese cambio de paradigma que se había producido entre su pueblo, porque sin duda el cambio se produjo desde abajo. Además, quizá le viniera muy bien la identificación de un único dios con un único emperador y la existencia de una única fe con una única ley. Ahora bien, en épocas de bonanza, la historia demuestra que las nuevas fes son tenidas por meros esnobismos, como ocurrió con el cristianismo durante siglos hasta ese momento, pero se las ve como instrumentos salvadores en épocas de crisis, sufrimiento y oscuridad. Todos los movimientos del emperador Constantino (que fue pagano hasta casi el momento de su muerte) estuvieron dirigidos a ensalzar cada vez más al cristianismo y reglarlo para sus propios intereses, con la primera Iglesia cediendo a todas sus pretensiones. El cristianismo fue declarado religio licita con el edicto de Milán en el 313 y religión oficial del Imperio de Occidente y de Oriente con el edicto de Tesalónica, en el 380, prohibiéndose durante y después de ese intervalo el paganismo, destruyendo sus templos y persiguiendo sus prácticas. Desde San Pablo, que había sentado doctrina sobre el tema de la esclavitud, hasta estas fechas, la política oficial de las comunidades cristianas no cambió sustancialmente. En el siglo II tenemos que la esclavitud no preocupa mucho o que los pronunciamientos oficiales son favorables a ella. Todo un padre de la Iglesia como Tertuliano, por ejemplo, no tiene empacho en asegurar que la esclavitud es connatural al orden de este mundo, y no duda en comparar a los esclavos con malos espíritus. Orígenes (185-253) aplaude la esclavitud judía (cuyo periodo máximo solo podía ser de seis años), pero no aconseja a los cristianos que la imiten. Gregorio de Nisa aplaude a su vez la manumisión y la liberación, pero se refiere a la liberación del pecado, no del amo, aunque es casi el único que cuestiona la institución. Así, al final del siglo III, en el canon V del Concilio de Elvira (hacia el 300), que son las actas más antiguas que se conservan, se establece una jerarquía de pecados o delitos. En aquellos tiempos y dentro de su propia escala de valores, que se matase a un esclavo en un momento de furia no conllevaba un pena de por vida, al contrario que otros actos que hoy consideraríamos más leves que el asesinato, por ejemplo, que la mujer contrajese matrimonio en segundas nupcias si su marido había sido reducido a la servidumbre. Entrando en los siglos IV y V, uno de los padres de la Iglesia más importantes, Agustín de Hipona (San Agustín), encuentra en la idea del pecado original la justificación de la existencia de la esclavitud. Asegura que el hombre puede someter a otro hombre y que eso no se ha realizado sin la voluntad de Dios. En su libro La ciudad de Dios, la esclavitud se convierte entonces en una especie de castigo para el inicuo como pago a sus maldades. Llega a decir, incluso: «Cristo no hizo libres de los esclavos, sino esclavos buenos de los esclavos malos», idea que tiene plena coherencia con su otra idea del origen de la pobreza: «Dios hizo al pobre para probar al rico, y creó al rico para probarle por medio del pobre. Todas las cosas las ha hecho Dios rectamente. Y si no podemos comprender su consejo porque hace una cosa de un modo y otra de otro, es bueno para nosotros que nos sometamos a su sabiduría y que creamos que hizo bien, aunque no comprendamos por qué lo hizo». San Agustín también dice esto en el capítulo XV: «A la verdad que es preferible ser esclavo de un hombre que de una pasión, pues vemos lo tiránicamente que ejerce su dominio sobre el corazón de los mortales la pasión de dominar, por ejemplo. Mas en ese orden de paz que somete unos hombres a otros, la humildad es tan ventajosa al esclavo como nociva la soberbia al dominador. Sin embargo, por naturaleza, tal como Dios creó al principio al hombre, nadie es esclavo del hombre ni del pecado. Empero, la esclavitud penal está regida y ordenada por aquella ley que manda conservar el orden natural y prohíbe perturbarlo. Si no se obrara nada contra esta ley, no habría que castigar nada con esa esclavitud. Por eso, el Apóstol aconseja a los siervos el estar sometidos a sus amos y servirles de corazón y de buen grado. De modo que, si sus dueños no les dan libertad, tornen ellos, en cierta manera, libre su servidumbre, no sirviendo con temor falso, sino con amor fiel hasta que pase la iniquidad y se aniquilen el principado y la potestad humana y sea Dios todo en todas las cosas». Se ha defendido que para San Agustín, por encima de todo, está la igualdad de todos los hombres y que esa igualdad es ley natural, que es el estado ideal del hombre. Sí y no. De nuevo, creemos que existe una plena confusión que no tiene en cuenta el pensamiento agustiniano ni paulino en el que se basa, que no es otro que el de dos leyes distintas para dos mundos diferentes. San Agustín identifica la Ciudad de Dios con la verdad espiritual del cristianismo. Basado en esa verdad, nos dice que antes del pecado, en esa vida ideal (situación que será idéntica para los justos tras el juicio y posterior llegada del reino de Dios), lo natural era y será que el hombre no fuese ni sea esclavo del hombre. Pero la vida que vivimos es la del pecado y la iniquidad, y en esta vida, en esta Ciudad de Hombres (también llamada Ciudad del Diablo) el pecado llegó y existe, y su simple existencia y la iniquidad del hombre es lo que justifica la esclavitud como imperativo divino, ya que la ley penal creada por Dios y que se basa en la ley que manda conservar el orden natural es la que debe regir en la Ciudad de los Hombres. Por tanto, en esta vida de aquí y ahora, un hombre puede ser esclavo de otro hombre ya que así lo ordenó Dios tras el pecado. Esa situación sólo cambiará con la llegada del Juicio y del Reino, por lo que, como en el caso de la pobreza, nadie debe osar levantar la voz contra este mandato ya que las razones de su decisión sólo Dios las sabe. A los hombres solo les queda callar y obedecer, con lo que Agustín parece justificar plenamente la esclavitud en esta vida recomendando, además, aceptarla con amor y sumisión. Esta interpretación, repetimos, nos parece la más adecuada y coherente con el pensamiento agustiniano y paulino, ya que vuelve a hacer una clara distinción entre las leyes que rigen la otra vida y las leyes que deben regir esta. Otro padre de la Iglesia que también comparte esa idea de la pobreza como justicia de Dios es Juan Crisóstomo, que nos dice en una de sus homilías: «¿Y qué perdón, dime, qué defensa tendrás si vienes a condenar inicuamente el orden universal por la aparente anomalía de la riqueza y la pobreza? Y es así que si examinamos esa cuestión veremos que, más que otra cosa, la pobreza y la riqueza demuestran claramente la providencia de Dios. Suprimamos la pobreza y habremos minado la vida por su base, la vida entera quedará destruida». Sin embargo, cuando de pasada menta la esclavitud, leemos: «Dar al pobre es dar a Dios. Poned a Dios al mismo nivel que vuestros esclavos; si vosotros concedéis mediante testamento la libertad a vuestros esclavos, libertad a Cristo del hambre, de la necesidad, de la cárcel, de la desnudez». Juan Crisóstomo estableció muchas normas de buen comportamiento (padres con hijos, hijos con padres, esclavos con amos, amos con esclavos… en Sobre la vanagloria, la educación de los hijos y el matrimonio), pero en ninguna parte podemos ver un alegato claro contra la esclavitud. Sin embargo, muchos lo ven en la frase anterior. Juan, como gran admirador de Pablo que era, acoge su misma visión y su misma separación entre esta vida y aquella. Nuevamente, analizado en el contexto adecuado, lo único que hace es ensalzar la condición de pobreza, situándola como condición divina, y predicando un mejor trato al esclavo, no su liberación, la cual llegará en la otra vida. De nuevo se establece que Juan Crisóstomo, como quería lo mejor para el prójimo, también querría la abolición de la esclavitud. No podemos asegurar históricamente eso, amén de que tampoco quería la igualdad y el buen trato con todos, por más que predicara el buen comportamiento y las buenas maneras, ya que también dijo: «El portal de la casa es el límite de la mujer honesta», catalogando posteriormente a la mujer (que sí sería igual en todo cuando llegara el Reino) como débil, incapaz e inferior física a intelectualmente, por lo que no puede tener los mismos derechos. Subrayando esto, tenemos la visión de todo un obispo como Teodoro de Mopsuestia, quien asegura que la esclavitud no es óbice para llevar una vida virtuosa y que las diferencias sociales son de origen divino. Por su parte, Ambrosio, doctor de la Iglesia, establece que el régimen esclavista es perfectamente compatible con la sociedad cristiana, donde todo está debidamente jerarquizado. Ya en el siglo VII, la esclavitud no mejoró significativamente y, en algunos casos, empeoró. San Isidoro (El último de los padres de la Iglesia, o así lo catalogan) dijo esto: «A causa del pecado del primer hombre, Dios ha infligido la pena de la servidumbre al género humano: a aquellos a los que no conviene la libertad les ha otorgado misericordiosamente la servidumbre. Y aunque el pecado original ha sido borrado para todos los fieles por la gracia del bautismo, no obstante Dios, el justo, ha repartido entre los hombres dos géneros de vida distintos, haciendo que unos sean esclavos y otros amos, de manera que la propensión de los esclavos a hacer el mal sea refrenada por el poder de sus amos» (Sentencias III, 47).
Vemos incongruente interpretar de una manera digamos, buenista, romántica, que los padres, en el fondo, predicaban en contra de la esclavitud cuando toda la tradición cristiana, tanto teórica como práctica, no puede corroborar esa visión ni antes, ni durante ni después de ellos. Hasta el siglo al que hemos llegado, sólo podemos encontrar un cuestionamiento de la legitimidad de la institución con Gregorio de Nisa (y contextualizado como lo hemos hecho más arriba). La inmensa mayoría de los padres de la Iglesia, sin embargo, en una tradición que vino desde San Pablo y que se extendió a todo el mundo cristiano, opinaban de la esclavitud como hemos visto más atrás, siendo esta la postura oficial de la Iglesia, que es la que nos ocupa.
4.- La Iglesia católica y la esclavitud hasta el siglo VII. Algunas normativas.
Los esclavos cristianos, en general, eran mejor tratados que los esclavos de otras culturas, sobre esto no parece caber duda. Así, podían casarse, se valoraba el hecho de su trabajo y, en las comunidades protocristianas, podían ser incluso sacerdotes. Los romanos, efectivamente, no daban esos derechos y el trato no era tampoco especialmente bueno, hasta el punto de que el emperador Adriano en el siglo II tuvo que establecer una serie de normas que defendieran al esclavo del abuso de los amos, prohibiendo matarlos, venderlos como gladiadores sin permiso judicial o meterlos en las mazmorras, muy seguramente influido en esa visión humana del esclavo por su estoicismo. Séneca, por ejemplo, aseguraba (en la línea de Platón, Aristóteles, Zenón de Citio o Epicuro) que había que mostrarse benévolos y afables con los carentes de libertad: «Maltratamos a los esclavos como si no fueran seres humanos sino bestias de carga. El esclavo tiene también derechos humanos, es digno de la amistad de los hombres libres, pues nadie es prócer por naturaleza y los conceptos de caballero romano, liberto y esclavo no son sino nombres vacíos, acuñados por la ambición o la injusticia». Resume en otra parte su pensamiento sobre este tema con esta conclusión: «Resumo así mi lección: vive con tu inferior del mismo modo que querrías que tu superior viviera contigo». Pero que las condiciones del esclavo fuesen mejores con los cristianos (dependiendo del siglo) y que suavizaran su situación en muchas disposiciones conciliares, no significa que el cristianismo quisiese acabar con el sistema esclavista de la misma manera que Séneca tampoco cuestionaba la inferioridad del esclavo ni la existencia del sistema esclavista por más que proclamara con ardor un mejor trato. De hecho, con la legalización del cristianismo y con Constantino en el poder, habiendo aceptado la nueva religión cristiana plenamente la esclavitud, en el canon tercero del Concilio de Granges de mediados del siglo IV («Si alguien, bajo pretexto de piedad, indujese al esclavo a despreciar a su patrono y abandonar su servicio en vez de sometérsele de buen grado y con toda reverencia, sea anatema») y refrendado en el canon 47 del 2º Concilio de Braga («si alguien por motivo religioso enseña a un esclavo ajeno a despreciar a su señor y apartarse de su servicio, sea reprendido durísimamente») y con una iglesia que no podría haberse puesto en contra del sistema si quería ser religión de Estado (y que en base a la teología de Pablo y de los primeros padres, tampoco quería ni podía oponerse), la cosa cambia. El emperador Constantino redacta una ley en el 319 que anula las disposiciones del emperador Adriano cuando establece que no es delito la muerte de un esclavo a manos de su amo cuando le está castigando. En el 326 la refrenda con estas palabras: «Cuando tal incidencia motive que el esclavo sea azotado por su amo resultando de ello la muerte de aquel, sea el amo exento de culpa, ya que se hizo tratando de prevenir un mal mayor y de corregir al esclavo. En estos asuntos, en que interesa al amo la defensa de su potestad íntegra, es nuestra voluntad que no se investigue si el castigo fue infligido con voluntad de dar muerte a un ser humano o por accidente; en cualquier caso será declarado inocente del homicidio si este ocurrió como consecuencia del correctivo doméstico normal; pero si durante esta disciplina necesaria, la fatalidad quiso que el esclavo falleciera, no teman los amos ningún género de investigación». La Iglesia, que no es culpable de este empeoramiento, guarda silencio al respecto de esta legislación y sobre otras leyes que empeoraban esa situación. Otro ejemplo antes de Constantino era la relación sexual entre una mujer libre y un esclavo. Antes significaba la esclavización de la mujer. Sin embargo, Constantino decreta el 29 de mayo de 326 que, con efectos inmediatos, la mujer fuese decapitada y el esclavo quemado vivo. En el 331, legisla que hay esclavitud a perpetuidad de los niños abandonados, al contrario que el emperador Trajano, que lo prohibió taxativamente. En 332 se declara legal torturar a los esclavos en el curso de un proceso.
La Iglesia, como hemos visto, justificó la esclavitud y más tarde también se sirvió de ella. Desde el comienzo mismo de la Edad Media, fue la institución que más esclavos poseyó. Aunque tras muchas presiones vio reconocido su derecho a la manumisión, su índice de liberación no era más acelerado que con el paganismo anterior, por más leyendas que existan y que desean informar de un índice de manumisión increíblemente mayor. También se cuenta con multitud de documentos donde se ve cómo la Iglesia, además de manumitir, redujo a muchos libertos a la servidumbre debido a su continuo empobrecimiento. Todo ello da más coherencia al ingente número de esclavos que poseía y a ciertas disposiciones conciliares que nos han llegado, como el canon V del XVI Concilio de Toledo, donde leemos «que la iglesia que poseyere diez o más esclavos tenga a su frente un sacerdote, y la que no llegare a diez esclavos se agregue a otras iglesias». Esos esclavos venían también de donaciones, herencias, aprovechamientos de la ley que permitía hacer esclavos a niños abandonados -e incluso a hijos nacidos de padres clérigos- y de compra (muchas veces a judíos), una compra reflejada en varias cartas papales. ¿Cómo era la vida de estos esclavos de la Iglesia? Dispar. Algunos vivían mejor que los libertos, pero, en general, el trato que se les daba era igual de bueno o malo que el de los demás. Se sabe que en el XI Concilio de Toledo (675), se prohibió a los obispos mutilar a los siervos de la Iglesia, a los cuales maltrataban algunas veces por casos tan estúpidos como culpar al esclavo de una enfermedad, ya que creían que les habían echado una maldición. Aunque este caso es extremo, da una idea de lo generalizado que estaba el maltrato en la Iglesia. Incluso algunos concilios tuvieron que ponerle límite. También cabe reseñar que a los esclavos se les veda la entrada a las órdenes religiosas, al contrario que en las sociedades protocristianas, donde tuvieron los mismos derechos en el plano religioso, recordemos, aspecto que cambió en el siglo III. El papa Esteban ya legisló contra la admisión de esclavos y León I criticó la ordenación de sacerdotes «que no vengan recomendados por un linaje idóneo». «Personas que no pudieron obtener la libertad de parte de sus señores acaban ocupando el alto puesto del sacerdocio como si un vil esclavo fuera digno de tal honor». Ya en el siglo V se nos dice que «Doble reato hay en esto [admitir a un esclavo]: se mancha el ministerio sagrado con la vileza de semejante consorcio y se conculcan los derechos del dueño con temeraria e ilícita usurpación». Hubo también breves periodos de mejora alternados con otros no tan buenos. En esos periodos benevolentes, los esclavos eran mejor tratados en general, aunque quien lo hiciera debía tener ciertas riquezas, retomando así la costumbre pagana. También se establece en los concilios de Orleáns del año 511 y de Clichy del 626 que se exija a los amos a los que se les devolvía esclavos (como Pablo hizo con Onésimo), que jurasen que no los matarían o torturarían. La Iglesia también consiguió el derecho de asilo, pero era un derecho del que se intentaba excluir a los esclavos, ya que (opinaban los próceres cristianos) «Hay que acabar absolutamente con esta práctica perniciosa, para que no parezca que la institución cristiana invade la propiedad ajena o resulta subversiva del orden público». Como vemos, con modificaciones, el sistema se mantiene y la Iglesia lo apoya. De hecho, al no alzar la voz contra él incluso cuando ostentaban el poder y cuando para hacer una ley ya se debían tener en cuenta las disposiciones de la Iglesia (y era realmente complicado hacer leyes sin escucharla), el tema de la esclavitud sigue su curso. Pese a que algunas disposiciones conciliares, repetimos, intentan mejorar la situación del esclavo, la realidad de la existencia de la institución y que no hubiese una condena explícita torna la situación del esclavo más cruda. En el siglo VI y VII ya no hay excusa poderosa para que el cristianismo no alzara la voz contra la esclavitud y la desigualdad de los hombres. Sí hay excusas prácticas. ¿Se empieza a hablar realmente contra el sistema esclavista? No. Es en el siglo VI-VII, basado en el código Justiniano, la Lex Visogothorum, cuando se recogen más leyes acerca de la esclavitud, leyes que fueron las bases jurídicas que llegaron hasta el descubrimiento de América. Destaca tanto el número como su calidad: eran muy, muy malas. Los esclavos son rebajados a la categoría de bestias, sus castigos van desde golpes, pasando por mutilaciones, hasta la muerte (la excepción fue Chindasvinto -siglo VII-, que prohibió el asesinato de esclavos, pero seguía permitiendo palizas hasta el punto de muerte, incluyendo mutilaciones en miembros, cara y torso y la venta de esclavos que tuvieran menos de 14 años -hasta el siglo IX-).
Todas esas disposiciones, a veces más duras, a veces más blandas, se sucedieron en el tiempo hasta la desaparición de la esclavitud, tema que ya no ocupa este ensayo, el cual ha intentado centrarse en todo momento en la posición del cristianismo durante la existencia del sistema hasta el siglo VII. De todas formas, parece ser que la desaparición de la esclavitud estuvo motivada por la aparición de la maquinaria, la cual era más rentable que la manutención de esclavos. También influyó la Iglesia indirectamente al participar en las manumisiones que trajeron el sistema de servidumbre. Los procesos anteriormente citados dieron como resultado el agotamiento del sistema económico basado en la esclavitud, y fue entonces cuando las exiguas voces críticas contra el apoyo a esa institución fueron más escuchadas. Así, poco a poco y de una vez por todas, se reconoce la igualdad del hombre y se establece con contundencia que el esclavo era un ser humano digno de igualdad… en este mundo.
EPÍLOGO
No dudamos de que muchos creyentes tuvieran una visión distinta de la esclavitud y fueran proclives a eliminarla, y que ese rechazo estuviera motivado por su interpretación personal del Evangelio, quizá muy en consonancia con interpretaciones modernas. Afirmar lo contrario sería ir contra el sentido común, como sería ir contra el sentido común afirmar que muchos romanos y muchos griegos y muchos habitantes de muchas partes del mundo no estuvieran también contra ella y sus argumentos estuvieran basados en la interpretación personal de una u otra corriente filosófica y también influyeran en el final de la esclavitud. También sería ir contra el rigor afirmar que la esclavitud es antievangélica, ya que Jesús no menciona el tema, Pablo dice lo que hemos visto más arriba y, con bastante seguridad, no parece que estuviera en el espíritu original de los creadores del Evangelio cuestionar ese sistema. Decir lo contrario es partir de una anacronía de origen, a saber: extrapolar la moral cristiana moderna y su interpretación moderna del Evangelio en los siglos de los Derechos Humanos al siglo I y hasta el siglo VII. Eso es algo que no deberíamos hacer. Un argumento que se suele escuchar para afirmar que el cristianismo estaba en contra de la esclavitud, es que la liberación de esclavos se produjo en territorio cristiano nada más. Esto nos parece una línea lógica inexacta y desproporcionada que llega a una conclusión falaz y desorbitada. Sería como afirmar que como hoy día la legalización de los matrimonios homosexuales sólo se está dando en países cristianos, el cristianismo y su Iglesia preconizaron siempre estas uniones y matrimonios porque el espíritu evangélico asegura desde siempre que todos somos iguales y hermanos y debemos tener los mismos derechos. Más. Como en los países donde el aborto ha sido despenalizado son cristianos, el cristianismo y su Evangelio contribuyeron a fomentar las medidas despenalizadoras del aborto. Se podría seguir con infinidad de ejemplos, pero creemos que queda claro que el hecho de que coincidan en un marco geográfico dado, no establece una relación de causa-efecto y afirmarlo así, es, como decimos, completamente falaz.
Una comparación no análoga (pero que puede ejemplificar más o menos bien lo que deseamos decir) que puede aclarar esta confusión sobre las disposiciones oficiales de la Iglesia y las libertades individuales, la tuvimos hace relativamente poco tiempo: la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Muchos asegurarán que la Declaración universal de los DDHH fue, obviamente, defendida por el cristianismo oficial, ya que se inspiran en los principios del Evangelio y de la Iglesia. Y que como se dio en países cristianos, el cristianismo oficial colaboró en su inspiración, creación y formulación. Quizá no se sepa, por ejemplo, que Gregorio XVI, en 1832, en la encíclica Mirari Vos, condena la libertad de conciencia de esta guisa: «De esta fangosa fuente del indiferentismo religioso mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, "delirio", que afirma y defiende la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso al abrigo del escudo de la inmoderada libertad de opiniones (...)». Además, con el incipiente constitucionalismo, lo ataca y vuelve a retomar la defensa de la autoridad de los reyes y la sumisión y fidelidad que se les debe ya que si no, se fomenta, cito, «el fuego de la rebelión». La misma encíclica condena la libertad de imprenta (o libertad de expresión escrita) con estas palabras: «Debemos tratar también en este lugar de la libertad de imprenta, nunca suficientemente condenada si se entiende por tal el derecho de dar a la luz pública toda clase de escritos, cuya libertad es deseada y promovida por muchos». Por su parte, Pío IX, en la encíclica Quanta Cura, de 1864, vuelve a condenar la libertad de conciencia: «Y partiendo de esta falsa idea social, sus propagadores no temen fomentar la opinión, desastrosa para la iglesia católica y para la salud de las almas, y calificada por nuestro predecesor, de feliz memoria, de "locura", que la libertad de conciencias y de culto es propio e inalienable derecho individual que se debe proclamar en las leyes y establecer en todas las sociedades rectamente constituidas- y a arremeter contra la soberanía popular -Algunos, poniendo al margen totalmente los sanísimos y ciertísimos principios de la razón, se atreven a decir que la voluntad del pueblo, manifestada en la renombrada opinión pública, o de otra forma, es la suprema ley, libre de todo derecho divino o humano-». En el apéndice de la misma encíclica, conocido por Syllabus Errorum, se condenan, además, el liberalismo, el socialismo, el comunismo, el naturalismo, el panteísmo, el matrimonio civil, la libertad de cultos, la libertad de prensa y el indiferentismo religioso. También León XIII, que ya admite lo de la justicia social en su Rerum Novarum, no admite la legitimidad de los partidos obreros ni que aspiren al poder político (debido a su anticlericalismo) ya que, como dice en Quod Apostoloci Numeris: «(...) hablamos de aquella secta de hombres que bajo diversos y casi bárbaros nombres socialistas, comunistas o nihilistas, esparcidos por todo el orbe, y estrechamente coaligados entre sí por inicua federación, ya no buscan sus defensas en las tinieblas de sus clandestinas reuniones, sino que, saliendo a la luz pública, confiados y a cara descubierta, se empecinan en llevar a término el plan, tiempo ha concebido, de trastornar el fundamento de toda sociedad civil». Pío VII y León XII -y sobre todo Pío IX-, condenaron con anatemas a las «sectas ocultas», que es como llamaban a los sindicatos, herederos del socialismo. Escuchamos siempre a los papas y a mucha de la jerarquía creyente hablar del respeto a los derechos pero olvidamos que este cambio de mentalidad se ha venido produciendo a pesar del cristianismo oficial, como también olvidamos (o directamente desconocemos) que aunque teóricamente acepten los DDHH, no tienen vigencia en el Vaticano, pues es una teocracia, y que hasta hace unos 5 años, como dijo la Secretaría General del Instituto Internacional de DDHH de Estrasburgo, de los 103 pactos o protocolos suscritos por la ONU en lo que se refiere a cumplimiento de DDHH, el Vaticano sólo había firmado 10.
Esperamos que con todos estos datos y aclaraciones, este punto de la historia haya quedado algo más claro.
____________________________ BIBLIOGRAFÍA.
BESGA, A., Esclavitud y cristianismo (Primer milenio), HISTORIA 16, nº 298. (Universidad de Deusto, especialista en Historia Medieval.) COMBY, J., La historia de la Iglesia. De los orígenes al siglo XV, Verbo divino. (Profesor en las facultades católicas de Lyon.) DESCHNER, K., Historia criminal del cristianismo, Martínez Roca, 1993. (Historiador.) PIÑERO, A., Año I. Israel y su mundo cuando Jesús nació, Laberinto, 2008. PIÑERO A., Jesús y las mujeres, Santillana, Madrid, 2008. (Catedrático de Filología griega de la Universidad Complutense de Madrid y especialista en lengua y literatura del cristianismo primitivo). SCHONFIELD, H.J., Jesús: ¿Mesías o Dios?, Martínez Roca, Barcelona, 1987. SCHONFIELD, H.J., El Nuevo Testamento original, Martínez Roca, Barcelona, 1990. (Especialista en el Nuevo Testamento y en el desarrollo temprano del cristianismo y la iglesia.) SCHÜRER, E., Historia del pueblo judío en tiempos de Jesús, Cristiandad, Madrid, 1985. (Historiador.) |



